Querido J.: la nueva voz que renueva el duelo en la literatura española
El amor y la muerte, dos fuerzas que han impulsado la creación literaria a lo largo de los siglos, siguen encontrándose en los relatos más íntimos y conmovedores. En la tradición occidental, el duelo por un ser querido ha inspirado innumerables obras, pero la pérdida de un amigo –el vínculo que los griegos denominaban *philos*– es mucho menos frecuente, pese a estar presente en los cimientos de la literatura.

Un ejemplo reciente de esta escasez se materializa en Querido J., el nuevo libro de la escritora española Lidia Jiménez. La obra destaca tanto por la precisión y delicadeza de su lenguaje como por la intensidad emocional que despliega, ofreciendo una mirada fresca a la elegía contemporánea.
Una elegía fuera de los moldes tradicionales
Mientras que las elegías clásicas –como la “Oda a la muerte de Keats” de Shelley o la “Elegía a Ramón Sijé” de Miguel Hernández– se centran en el fallecimiento del destinatario, Jiménez opta por una narrativa distinta: J. no ha muerto, sino que yace en coma tras un accidente de bicicleta. Aun así, el libro vibra con la misma gravedad y la mezcla de dolor y esperanza que caracterizan a los cantos al ausente.
El relato se ubica en la frontera de la autoficción. La narradora, una Lidia que se expone sin reservas, parece reflejar a la propia autora, aunque nunca se aclara si se trata de coincidencia, confesión o un juego de espejos literario. Sea cual sea la intención, la obra transmite una honestidad palpable y una franqueza que roza la ingenuidad sin caer en lo simplista, arrastrando al lector a una experiencia envolvente y sincera.
La trama comienza cuando la narradora recibe la noticia del accidente de J. y viaja a un hospital en Austria, impulsada por la sensación de que su propia existencia está en juego. A través de un estilo casi epistolar, reminiscente de la voz de Carmen de Delibes, reconstruye su historia compartida: el primer encuentro en la carrera de Filología Hispánica en la Universidad Complutense, la afinidad casi espiritual que surgió entre ambos, las noches de literatura, excesos y confesiones, y los paseos por barrios emblemáticos de Madrid como Malasaña, Chueca, Lavapiés y Moncloa, que aún conservaban una vitalidad menos domesticada.
Los personajes secundarios aparecen apenas como sombras, desdibujados frente a la intensidad de la relación entre Lidia y J. La verdadera protagonista del libro es el amor que ella le profesa, que se vuelve el eje central de la narración. Mientras la condición de J. evoluciona en el hospital, Lidia se aferra desesperadamente al tiempo, rescatando cartas y fotografías como intentos de retener lo que parece perdido.
Querido J. se presenta como una obra intensa y visceral, un libro que se lee como si se abriera un corazón todavía latiendo. Su sinceridad duele, pero es precisamente esa crudeza emocional la que otorga al texto un carácter inolvidable, capaz de conmover al lector y de exponer una verdad sin ornamentos.

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