Tejer y pintar para vencer al móvil el reto oculto de tu generación
En un momento en el que la hiperconectividad domina el día a día, especialmente entre las generaciones más jóvenes, un creciente número de personas está buscando formas de desconectar. No mediante aplicaciones o tecnologías, sino a través de actividades manuales que devuelven el control del tiempo, la atención y la creatividad: el ganchillo, la pintura, el tejido o las clases de arte con vino se han convertido en refugios analógicos frente al agotamiento digital.

El auge de lo tangible frente a la pantalla
Clara, de 25 años y recién terminado el MIR, encontró en el crochet una inesperada terapia. “Cuando estoy haciendo ganchillo desconecto totalmente de todo, entro en un bucle en el que no paro, pero mi mente se va y el tiempo pasa volando”, describe. Su experiencia no es aislada. Jóvenes que han crecido inmersos en pantallas buscan hoy actividades donde el resultado sea físico: una bufanda, un cuadro, un jersey a medio terminar. No se trata de rechazar lo digital, sino de compensarlo con espacios donde crear con las manos, sin notificaciones, sin scroll infinito.
En Barcelona, estudios como el de Belén Almodóvar, artista y gestora del taller *Art and Wine*, han detectado este cambio. Desde hace dos años y medio, sus sesiones —donde grupos de amigos pintan un cuadro mientras comparten vino, música y conversación— se han convertido en un plan frecuente entre veinteañeros y treintañeros. “Cada vez llegan más personas cansadas de hacer siempre lo mismo”, explica Belén. “Quieren hacer algo con las manos, relajante, que no sea una pantalla, y llevarse a casa algo que ellas mismas han hecho”.
La paradoja del camino digital hacia lo analógico
- Muchos descubren estos talleres a través de TikTok o Instagram.
- Las redes, que a menudo generan ansiedad, se convierten en puerta de entrada a experiencias que ayudan a desconectarse de ellas.
- En Lalanalú, tienda-taller de lanas en Gràcia, las clases de ganchillo a la carta atraen a un perfil cada vez más joven y diverso, incluyendo a más hombres.
- “Antes venían con patrones de Ravelry o vídeos largos de YouTube. Ahora llegan por TikTok, pidiendo el hilo que vieron en un vídeo viral”, cuenta Khiara, una de las propietarias.
La paradoja es evidente: lo digital impulsa el interés por lo analógico. Aunque Lalanalú ofrece talleres virtuales, patrones descargables y videos en YouTube, muchas personas que intentan aprender solo por internet terminan frustradas. “Vienen porque se dan cuenta de que necesitan una presencia física, alguien que les corrija, que les diga qué están haciendo mal”, señala Eva, socia de Khiara. El error, la lentitud, la repetición: todo forma parte del aprendizaje, y también de la cura.
El valor de ir lento y equivocarse
El ganchillo, antes asociado a tapetes y estéticas de otras épocas, vive un boom entre los jóvenes. “Antes se veía como algo de abuelas; ahora hay un boom tremendo. Revistas de punto sacan libros exclusivos de crochet”, afirma Khiara. Los patrones virales, como la Sofie Scarf, se replican en talleres con la misma intención con la que se comparten en redes: mostrar lo hecho. Pero el proceso es muy distinto. “A veces ven un vídeo de un minuto donde parece que hacen un jersey en segundos, pero en realidad son horas, a veces meses de trabajo”, explica Eva.
Clara lo confirma: “Hacer y deshacer puntos me ha obligado a entrenar la paciencia. Si tienes un problema, lo tienes que resolver tú. Implica hacer y rehacer muchas veces, y aceptar que no todo va a quedar perfecto”. Para ella, esa imperfección es parte de la esencia: “Es algo que has podido crear tú”.
Comunidad sin notificaciones
Más allá del objeto terminado, estos espacios generan vínculos reales. “Mucha gente entra para aprender y acaba encontrando una comunidad”, dice Khiara. Un ejemplo es Hebra, un grupo autogestionado por una alumna de Lalanalú que ahora reúne a jóvenes que tejen juntas. En estos círculos, las conversaciones fluyen sin necesidad de estar conectadas a una notificación. “Estoy todo el día mirando WhatsApps o TikToks, pero esto me aleja de eso y me conecta con la realidad, con gente que tiene las mismas ideas que yo”, comparte una de las participantes.
Ainhoa, otra joven tejedora, resume con claridad el desafío de su generación: “El reto de nuestra generación hoy día es saber estar quietos, concentrados en algo que no sea el móvil”. Para ella, tejer es lo opuesto al scroll: “Si hago scroll pierdo el tiempo; si tejo, hago algo que tiene resultado, algo tangible”.
Aprendió de pequeña con su abuela, pero volvió al tejido empujada por una amiga y por la necesidad de “gestionar la frustración” de ir lenta en todo, excepto frente a una pantalla. Entre ovillos y agujas, busca entrenar algo simple pero profundo: estar sentada, concentrada, sin excusas, sin objetivos inmediatos, solo con sus manos y una labor que no se termina con un par de toques de dedo.

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