La siniestra verdad detrás de la Silla del Diablo en Valladolid
En las profundidades de la Universidad de Valladolid, entre pasillos centenarios y salones que han visto pasar siglos de historia, pervive una leyenda que trasciende lo académico para adentrarse en el terreno del misterio y la superstición. Allí, bajo custodia institucional, se conserva una silla de madera de cedro del siglo XVI, conocida popularmente como la "Silla del Diablo", un objeto cuya historia entrelaza ciencia, herejía, condena y una maldición que, según cuentan, aún hoy exige respeto.

Un legado oscuro entre ciencia y brujería
El origen de esta pieza se remonta a Andrés de Proaza, un médico de origen luso-judío cuya habilidad en anatomía levantó sospechas en Valladolid durante el siglo XVI. Su conocimiento del cuerpo humano, avanzado para la época, fue visto con recelo por sus contemporáneos. Las dudas se convirtieron en acusaciones cuando el hallazgo de restos humanos en su sótano desató una investigación que terminó con su detención. Bajo tortura, Proaza confesó que un espíritu familiar le revelaba secretos médicos mientras reposaba en su silla de cedro, una afirmación que selló su destino.
Juzgado por la Inquisición por prácticas de hechicería y nigromancia, fue condenado a morir en la hoguera. Antes de su ejecución, pronunció una advertencia que quedaría grabada en la memoria colectiva: solo un doctor en medicina podría sentarse en su silla sin peligro; cualquier otro enfrentaría la muerte en tres días o una iluminación perversa. Este último acto convirtió el objeto en una reliquia maldita, temida y respetada.
Tragedias y precauciones extremas

- Al menos dos bedeles de la universidad fallecieron tras ignorar la advertencia y sentarse en la silla, lo que alimentó la creencia en su letal poder.
- En el siglo XIX, para evitar más incidentes, las autoridades académicas decidieron colgarla boca abajo del techo de la capilla, imposibilitando que alguien pudiera usarla.
- La medida buscaba no solo prevenir riesgos, sino también contener la curiosidad de estudiantes y personal ante un objeto que ya formaba parte del imaginario local.
Actualmente, la silla ya no cuelga en la penumbra de una capilla, sino que reposa en una vitrina del Palacio de Santa Cruz, sede del rectorado de la Universidad de Valladolid y parte del Museo de la Universidad (MUVa). Allí, protegida por cristal, conserva su estructura de madera de cedro y el cuero desgastado del respaldo, que, según testigos, parece absorber la luz y mantener intacta su aura inquietante.
Entre el mito y el valor histórico
Desde el punto de vista técnico, se trata de una silla de brazos desmontable, típica del mobiliario académico del siglo XVI. Aunque su diseño es funcional, su significado trasciende lo estético. Para especialistas, la pieza no solo es un testimonio del arte y la carpintería de la época, sino también un reflejo de las tensiones entre ciencia, religión y superstición en la España renacentista.
En 2026, el interés por el turismo de misterio ha impulsado las visitas al MUVa, donde la Silla del Diablo se ha convertido en una de las atracciones más emblemáticas. Sin embargo, más allá del morbo, los historiadores subrayan su valor como símbolo de un tiempo en que el conocimiento era tan peligroso como prohibido. Andrés de Proaza representa, para muchos, no un hereje, sino un precursor trágico de la medicina moderna, cuyo destino fue sellado por atreverse a ir más allá de los límites impuestos.
Hoy, aunque la razón ha desplazado al mito, basta caminar junto a la vitrina para notar que algunos silencios aún pesan. Quienes la han visto de cerca coinciden en que no es el objeto en sí lo que inquieta, sino lo que representa: el precio del saber, el temor a lo desconocido y la sombra eterna de una pregunta que aún resuena entre los muros de la universidad: ¿hasta dónde se puede ir en nombre del conocimiento?

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