Crecer en el sistema de acogida, la única salida con futuro para muchos menores: "Volver a casa no era una opción"

En España, alrededor de 52 000 menores y adolescentes forman parte del sistema de protección, que incluye acogimientos familiares y residenciales. Según el último Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia y la adolescencia, publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia, el número de menores bajo protección ha aumentado un 1,5 % respecto al año anterior, alcanzando los 51 972 usuarios.

El reparto entre los dos tipos de acogimiento es casi equilibrado: el 51 % de los niños están en familias de acogida y el 49 % en centros residenciales. La política oficial busca reducir progresivamente el número de menores en centros residenciales, favoreciendo la colocación familiar.

Testimonios de jóvenes que han crecido en Aldeas Infantiles

Nissrin y Fátima, ambas de 20 años, comparten sus experiencias después de haber pasado la infancia y adolescencia bajo el amparo de la ONG Aldeas Infantiles, una entidad que ofrece un entorno familiar a niños que no pueden vivir con sus padres.

Nissrin ingresó en el sistema a los nueve años, tras sufrir maltrato en su hogar de origen. “Volver no era una opción”, afirma, y describe su paso a la Aldea como “lo mejor que me pudo pasar”. Gracias al acompañamiento de educadoras y auxiliares, pudo superar el trauma y avanzar en sus estudios. Actualmente cursa un grado superior en administración y finanzas, mantiene buenas notas y planea continuar la carrera universitaria. Sueña con viajar, realizar un Erasmus y consolidar su independencia laboral.

Una de las experiencias más marcadas para Nissrin fue el vínculo con una educadora que la consideró “una segunda madre”. Junto a su hermana, pasaron unas vacaciones de verano como parte de la familia de la educadora, lo que reforzó su sentido de pertenencia y apoyo emocional.

Fátima llegó a la Aldea a los diez años después de que su madre no pudiera mantener a ella y a sus dos hermanas menores. Antes de eso, pasó dos años en un centro de monjas en Pozuelo, donde fueron separadas. En la Aldea recuperó la infancia que nunca había disfrutado: pudo jugar, estudiar, practicar atletismo y culminar la ESO y el Bachillerato.

Al cumplir los 18 años, Fátima optó por no ocupar uno de los “pisos de emancipación” gestionados por la ONG y alquiló una habitación por su cuenta. El paso a la vida independiente supuso aprender a hacer la compra, acudir al médico y administrar sus finanzas. A pesar de las dificultades iniciales, logró adaptarse y actualmente cursa un grado universitario en Biología, con la intención de cambiar a Veterinaria el próximo año para “tener una vida normal, por fin”.

Ambas jóvenes coinciden en que la transición de la vida asistida en la Aldea a la autonomía plena fue el reto más duro. “Pasas de estar acompañado 24 horas a enfrentarte al silencio y a la responsabilidad total”, comenta Nissrin. Para Aldeas Infantiles, este periodo se gestiona mediante los “pisos de emancipación”, que facilitan la transición a la vida adulta y evitan la desprotección que suele afectar a muchos jóvenes al salir del sistema.

El programa de la ONG también incluye acompañamiento psicológico y educativo, con el objetivo de que los menores adquieran las competencias necesarias para insertarse en el mercado laboral o continuar sus estudios.

Datos de la Encuesta FEPA 2024, el principal observatorio estatal sobre juventud bajo tutela, revelan que la combinación de estudio y empleo es la más frecuente entre estos jóvenes. La proporción de jóvenes tutelados que trabajan y estudian simultáneamente ha pasado del 7,3 % al 22,8 % en la última década, situándose seis puntos por encima de la media nacional.

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