Cillian Murphy brilla demasiado en una historia que no le hace justicia
Cillian Murphy regresa al mundo que lo consagró como uno de los actores más carismáticos del cine y la televisión contemporáneos. En *Peaky Blinders: El hombre inmortal*, el intérprete irlandés cierra el ciclo de Thomas Shelby con una actuación profundamente introspectiva, cargada de melancolía y poderío dramático. La película, que funciona como epílogo de la exitosa serie creada por Steven Knight, busca ofrecer un cierre definitivo al personaje que nació en las calles de Small Heath, Birmingham, y que se convirtió en un mito del crimen, el poder y la redención. Aunque el resultado es emotivo y fiel al tono original, no alcanza la intensidad narrativa ni el impacto emocional de los mejores momentos de la serie.

Un regreso a las raíces con sabor a despedida
Thomas Shelby, el gánster taciturno con sombrero al filo de los ojos y abrigo impregnado de humo de tabaco y whisky, vuelve a los túneles, a la guerra, a los fantasmas que nunca lo abandonaron. Tras el huracán de reconocimiento mundial que supuso su papel en *Oppenheimer*, Murphy retoma el papel que lo catapultó al estrellato con una entrega sobria y contundente. Aquí, Tommy ya no domina el escenario con la ambición desmedida del pasado, sino que lo habita como un hombre roto, consumido por la culpa y el dolor, recluido en una mansión que parece un mausoleo de su propia vida. Es en esa soledad, en esa introspección casi literaria —escribiendo sus memorias como forma de expiación—, donde el personaje adquiere su mayor profundidad.
El magnetismo de Murphy sigue intacto. Su capacidad para transmitir emociones con una mirada, un silencio, una pausa mínima, eleva cada escena que protagoniza. Cuando se pone el abrigo, monta el caballo y suena *Red Right Hand*, el aura del Tommy Shelby que todos conocimos regresa, aunque sea por unos instantes. Es un regreso emotivo, nostálgico, profundamente brummie, que celebra al personaje sin caer en el fan service barato.
El peso de la herencia
La película no solo busca cerrar la historia de Tommy, sino también sentar las bases para una nueva generación de *Peaky Blinders*. El testigo pasa, en teoría, a Duke Shelby (Barry Keoghan), hijo del rey gitano y sobrino del difunto Arthur Shelby. Sin embargo, aquí es donde el proyecto comienza a flaquear. Duke, que mostró cierto potencial en la sexta temporada, se queda en un arquetipo poco desarrollado: el joven marcado por el abandono, con rabia y dolor, pero sin la complejidad psicológica que caracterizaba a los grandes personajes de la serie.
Keoghan, a pesar de su talento, no termina de encarnar al personaje con la naturalidad esperada hasta el tercer acto. Lo mismo ocurre con otros fichajes de renombre, como Rebecca Ferguson y Tim Roth, cuyos personajes parecen más esbozos que figuras plenas. Intrigan, generan tensión, pero no logran conectar con la audiencia como lo hicieron figuras icónicas como Polly, Alfie Solomons, Aberama Gold o Luca Changretta. Falta carisma, falta profundidad, falta ese fuego que definía a los antihéroes de la serie.
Una saga familiar bajo la sombra de la guerra
- La Segunda Guerra Mundial sirve como telón de fondo, reflejando la misma descomposición social y moral que marcó la Primera Guerra Mundial, origen del trauma Shelby.
- La historia se convierte en una última disección de una sociedad en ruinas, atravesada por el dolor, la culpa y el deseo de venganza.
- La escena final, en un bar reconquistado al ritmo de Fontaines D.C., simboliza una última batalla, no con armas, sino con el peso de la historia.
La película homenajea constantemente su propia mitología: recupera lugares, frases, músicas y espíritus del pasado. Helen McCrory, en su última aparición póstuma como Polly, sigue siendo el alma de la familia. Pero también queda claro que sin Murphy en el centro, el universo *Peaky Blinders* pierde parte de su esencia. En un momento clave, el guion reflexiona sobre la dificultad de ser hijo de Thomas Shelby. Quizás ese sea el verdadero conflicto: la sombra del personaje, y la del actor que lo interpreta, es demasiado larga para que otros puedan caminar sin ser aplastados por ella.
El cierre que se ofrece a Tommy Shelby es épico, íntimo, emocional. No es tan exquisito como los finales de las temporadas 2 o 6, pero sí satisfactorio. Lo vemos en brazos de su hijo, listo para reunirse con los suyos, con los caídos, con los fantasmas que siempre lo acompañaron. Es una despedida digna, con sabor a hogar. Pero el futuro de *Peaky Blinders*, con una secuela prevista en la Birmingham de 1953, queda en el aire. Esta película no ofrece una base sólida. El legado está asegurado, pero la continuidad, aún en duda.

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