Lo que un neuropsicólogo opina sobre dormir con los hijos en la misma cama
El colecho, la práctica de compartir la cama con los hijos, sigue generando opiniones encontradas entre los padres. Mientras algunas familias lo consideran una forma natural de acompañar a sus pequeños durante la noche, otras lo ven como un factor que puede afectar la autonomía, el descanso y los límites familiares. En medio de este debate, la neuropsicología aporta evidencia que ayuda a comprender los efectos emocionales y neurológicos de esta elección.

En el podcast “Qué movida es mía”, el neuropsicólogo Nacho Roura, conocido como “Neuronacho”, aborda el tema del colecho desde una perspectiva centrada en las necesidades emocionales del niño y en la capacidad de autorregulación, más que en normas rígidas aplicables a todas las familias.
Dormir juntos y la autorregulación emocional
Desde la neuropsicología, compartir la cama con los niños no se interpreta como una dependencia negativa, sino como una forma de acompañamiento afectivo en una etapa en la que el cerebro infantil aún está en pleno desarrollo. Roura explica que los niños pequeños no poseen todavía los mecanismos necesarios para autorregularse por completo, sobre todo durante la noche, cuando pueden surgir miedos, despertares o ansiedad.
El acompañamiento nocturno resulta clave para la autorregulación emocional. Proporciona calma y seguridad, facilitando que el niño se tranquilice más rápidamente después de una pesadilla o un terror nocturno, vuelva a dormirse con facilidad y perciba que sus necesidades emocionales están siendo atendidas. “Al dormir juntos, se puede acompañar a alguien en un momento de malestar; esa es una forma en que regulamos nuestras emociones y establecemos contacto humano”, afirma Roura.
Esta sensación de seguridad no impide que, con el tiempo, el niño adquiera autonomía; al contrario, puede sentar una base emocional más sólida que favorezca una independencia natural. El neuropsicólogo subraya que el problema no reside en el acto de dormir juntos, sino en la manera en que se vive la experiencia. Si el colecho se vuelve una fuente constante de tensión, agotamiento o malestar para los adultos, es necesario reconsiderarlo, ya que el bienestar de los padres también forma parte del equilibrio emocional del hogar.
Cuando el colecho deja de ser una opción saludable
Roura señala que no existe una edad exacta ni un momento universal para dejar de dormir con los hijos. La clave está en observar si el colecho responde a una necesidad real del niño o si, por el contrario, se mantiene por miedo, culpa o dificultad de los adultos para establecer límites.
El colecho deja de ser beneficioso cuando interfiere de forma clara en el descanso de los niños, en la relación de pareja o en la estabilidad emocional de la familia. En esos casos, el cambio no debe vivirse como una ruptura abrupta, sino como un proceso acompañante, respetuoso y progresivo, que permita al niño seguir sintiéndose seguro.
El neuropsicólogo recuerda que la educación no se basa en una fórmula única, sino en adaptar las decisiones a la realidad de cada familia. Dormir juntos puede ser una etapa más dentro de la crianza, siempre que se sostenga desde el equilibrio, la conciencia y el cuidado mutuo.

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